COOPERATIVISMO OBRERO, CONSEJISMO Y AUTOGESTIÓN SOCIALISTA

      ALGUNAS LECCIONES PARA EUSKAL HERRIA


      7. EUSKAL HERRIA, COMUNALES, LUCHAS E IDENTIDAD NACIONAL.

      Comprender la rápida respuesta del pueblo trabajador vasco a la sublevación militar del 18 de julio de 1936 nos lleva a la experiencia histórica de la autoorganización popular en general, como práctica superviviente de formas y normas asociativas profundamente imbricadas en la vida colectiva del país expresada en los sistemas de autorregulación del llamado Antiguo Régimen. Aunque se ha investigado mucho sobre esta cuestión, pensamos que resta aún mucho por descubrir ya que el grueso de esas investigaciones fueron realizadas desde criterios selectivos que, de un modo u otro, menospreciaban o ridiculizaban, cuando no ignoraban, la importancia de esta cuestión.

      Hemos visto al principio la honda raigambre de la ayuda mutua en el proceso social de trabajo y vida euskaldún, y que se perpetúa en y mediante palabras y costumbres como ordeak, lorra, auzolan, batzarra, hermandades, anteiglesia, etc., que si bien no pueden ser aisladas de los contextos sociales de división clasista y de género, con pocos hombres ricos y propietarios, así como muy pocas mujeres, y muchas mujeres y hombres explotados, y empobrecidos, si bien esto es verdad, tampoco podemos caer en el error opuesto de olvidar esas formas sociales de regulación precapitalista y creer que sólo con el capitalismo irrumpe algo parecido a la "justicia social".

      Desde esta perspectiva, y desde la que mantenemos a lo largo de todo el texto, podemos analizar con más profundidad el sempiterno debate sobre el "igualitarismo vasco", en el sentido de captar además de la dialéctica de contradicciones sociales internas a la sociedad vasca precapitalista--sobre todo la lucha de clases y las matxinadas--, también la pervivencia en el capitalismo del siglo XX de una memoria popular más o menos activa de aquellas formas de vida y de lucha. O sea, se trata de comprender que también en Euskal Herria, como en otras naciones, la lucha de clases ha estado y está internamente condicionada por el contexto nacional en evolución que, a su vez, es inseparable de las condiciones materiales de producción y de sus correspondientes relaciones sociales.

      Por ejemplo, tenemos el decisivo problema de la propiedad de la tierra, de los alodios. Pues bien, en la monumental obra colectiva "Historia de Euskal Herria", podemos leer:

      "El alodio era una forma de posesión de la tierra que suponía la inalienalidad de ésta fuera del clan familiar. El alodio estaba considerado como un bien que se poseía en plena propiedad, oponiéndose por esta razón, al feudo, que era un bien concedido. Los alodiarios, es decir, los campesinos que disponían de tierras alodiales, constituían una auténtica aristocracia rural, no sometida a la servidumbre de los amos, integrada por individuos, normalmente de condición humilde, que eran propietarios de pleno derecho. Las exacciones señoriales o reales de carácter público, como los impuestos, no destruían el alodio. El concepto de alodio, que, en principio, se refiere a la existencia de un patrimonio familiar libre, se aplica también alas tierras de los pastos, de propiedad comunal,. Especialmente importantes en países de economía predominantemente ganadera, como el País Vasco".

      Y un poco más adelante leemos en el mismo texto:

      "La sociedad vasca medieval presentaba muchos rasgos comunes, en cuanto a estratificación social, con el resto de culturas occidentales, pues en su seno se daban notorias desigualdades económicas que venían determinadas por las diferencias de fortuna de existentes entre sus miembros. Sin embargo, la conciencia igualitaria que se extiende por el país desde finales del Medievo, exterioriza la existencia de una voluntad popular por acabar con las distinciones jerárquicas de carácter jurídico, tan características del sistema feudal. Ello unido al disfrute de derechos, detentados exclusivamente por los señores en otras áreas de Occidente, como el poder llevar armas, cazar y pescar libremente, facultad para construir molinos y utilizar extensos bosques y tierras pertenecientes a la comunidad aldeana, por parte de los habitantes de zonas vascófonas, proporcionaría al pueblo vasco una fisonomía particular respecto de pueblos vecinos".

      Hay, como mínimo, tres cuestiones que nos interesa remarcar de esta cita. La primera y fundamental es la directa relación que se establece entre la continuidad de las zonas vascófonas, las que siguen hablando el euskara, y la continuidad de esas formas de identidad, de socialización y de costumbres prácticas de una transcendencia clave para que, en determinadas condiciones, perviva la memoria e identidad colectivas.

      La segunda no es otra que el derecho a llevar armas, derecho que además de ser decisivo para el mantenimiento de las libertades colectivas e individuales, o al menos para intentar frenar los abusos del poder, sobre todo y fundamentalmente su pervivencia es decisiva para legitimar el derecho de la autodefensa ante la injusticia y para deslegitimar la pretensión de cualquier poder dominante, sobre todo si es extranjero, de monopolizar el uso de la violencia y de prohibir la autodefensa vasca. La pervivencia práctica pese a todos los ataques contra este derecho básico de toda comunidad libre es un referente objetivo imprescindible para entender la profunda legitimidad histórica de la violencia defensiva que caracteriza al Pueblo Vasco.

      Y la tercera es la irrompible relación entre el derecho al uso de la tierra comunal y las formas de vida, cultura y trabajo, todo ello, además, dentro siempre de los dos puntos anteriores, o sea, del uso del euskara y del derecho a la autodefensa armada.

      La evolución de estos y otros factores exige entender, por tanto, la dialéctica entre ese mundo material y simbólico preexistente a las generaciones concretas y las contradicciones que éstas han de resolver durante su propia vida. El resultado de todo ello, groseramente explicado, es uno de los factores que explica la naturaleza contradictoria del igualitarismo vasco, que es, desde luego, producto de la misma lucha de clases y no de una inexistente esencia eterna. Y la lucha de clases se realiza en un enmarque material y simbólico que tiene su propia historia y condicionantes. Tiene razón Ortzi cuando en "Historia del nacionalismo vasco y de ETA" sostiene que:

      "En el País Vasco, en efecto, las declaraciones de hidalguía universal y el mito del igualitarismo que la sustenta, de diverso alcance según los territorios, responde al triunfo parcial de la alianza de las villas y de los campesinos sobre el poder político de los parientes mayores. Por ello, en la obra de Zaldibia y Garibay, la consigna banderiza del "valer más" queda reemplaza por el lema igualitario del "valer igual"".

      La lucha de clases en el Antiguo Régimen es, insistimos en ello, la que condiciona, junto a presiones externas, la evolución, debilitamiento o reforzamiento, de las libertades concretas del pueblo, o si se quiere el engorde o enflaquecimiento del llamado igualitarismo vasco. J. Extremiana en Historia de las guerras carlistas responde así a la pregunta de Alcance de los Fueros: ¿Una democracia vasca? Que él mismo se plantea:

      "Si nos negamos a admitir el mito vasco de la "libertad" y de la "igualdad", no por ello hemos de perder de vista lo que de positivo, y por qué no decirlo, de democrático hay en los Fueros. El sistema es, al parecer, más democrático en Vizcaya, por lo menos en sus comienzos, pues se tiene la impresión que hay cierta "corrupción" del siglo XV al siglo XVII. En efecto, la discriminación se agrava progresivamente (...) Sin embargo... el derecho de representación se hace extensivo a localidades que no lo tenían y que la representación misma se mejora en el siglo XIX; es decir, los Fueros han sido capaces de adaptarse a nuevas realidades, al ascenso de algunas aglomeraciones y de algunas capas sociales. Claro que siempre han sido propensos a preservar y consolidar privilegios de clase, pero también privilegios regionales ventajosos para amplias masas de hombres (...) La realidad social compleja que los Fueros abarcan y los efectos de esa propaganda se han conjugado para hacerlos populares. Y no sorprende que cuando, desde fuera y desde el interior, se pongan en tela de juicio, haya tanta gente dispuesta a defenderlos".

      Sería conveniente ahora recordar las palabras de Marx y Engels transcritas en el segundo capítulo porque nos permiten entender la dialéctica de factores que propiciaron las tenaces resistencias del pueblo trabajador vasco a las agresiones francesas y españolas y a los intereses de parte de las clases dominantes internas. La existencia de amplios territorios comunales y populares, del pueblo, de grandes sectores de pequeños campesinos libres y de pequeña producción doméstica, más la pervivencia de una fuerte tradición cultural y euskaldun totalmente diferente a la cultura indoeuropea, de un medio ambiente material y simbólico y, por no extendernos, de una colectividad etno-nacional, todos estos factores, más el hecho de la existencia de un Sistema Foral arraigado y legitimado entre el pueblo con capacidad legal de autodefensa frente a agresiones exteriores, todos estos factores son en sí mismos suficientes para concluir que Euskal Herria era a finales del siglo XVIII lo que Marx define como un sistema nacional de producción precapitalista.

      Parte de las clases dominantes vascas más el capitalismo español y francés, necesitaban para facilitar y acelerar su acumulación de capital, explotar la fuerza de trabajo vasca que en sí misma es un factor económico y como tal subsumible en la lógica capitalista. Igualmente, necesitaban apropiarse de los bienes populares y comunales, privatizarlos e integrarlos en el sistema capitalista. Para todo ello, necesitaban acabar con la tradición euskaldun y cultural de ese pueblo, destruir su identidad, prohibir sus derechos a la autodefensa armada e imponer los ejércitos, las leyes y la cultura extranjeras.

      Los sistemas nacionales de producción capitalista, en formación desde los siglos XV-XVI en algunos casos y en otros, los más tardíos, desde el XIX, como el español, estos sistemas nacionales burgueses recurrieron sin piedad a sus Estados correspondientes y aplicaron la violencia más terrorista no sólo para conseguir esos objetivos, sino también porque esa violencia estatal era --es-- en sí misma una potencia económica en manos de las burguesías expoliadoras. Por tanto, cuando la inmensa mayoría de las masas trabajadoras vascas practicaron sus derechos nacionales de autodefensa armada ante una agresión externa apoyada e incitada por una colaboración burguesa interna defendía además de sus derechos socioeconómicos y políticos, con sus contradicciones y limitaciones, también su identidad profunda y la totalidad de sus relaciones materiales y simbólicas de estar y ser en el mundo.

      7.1. COMUNALES, MINAS Y AUTODEFENSA POPULAR VASCA

      Rafael Uriarte Ayo --"La minería vizcaína del hierro en las primeras etapas de la industrialización"-- ha investigado cómo:

      "los vecinos de las Encartaciones, lugar donde se ubican los yacimientos, tenían absoluta libertad de acceso a su explotación, no se exigían gravámenes de ningún tipo, ni era necesario realizar trámites de carácter burocrático ni administrativo". Además, existían eficaces regulaciones para impedir que al dedicarse muchos recursos y tiempo de trabajo a la extracción de mineral se abandonasen las básicas tareas de labranza, mermando así el autoabastecimiento colectivo y abriendo la posibilidad de crisis de hambre, empobrecimiento social y enriquecimiento minoritario ya que dicho sistema regulador "contribuía a frenar el proceso de diferenciación social que de manera latente debía existir en el seno de la comunidad minera".

      Más en concreto: "Asociados en reducidos equipos de cuatro o cinco miembros, los mineros de las Encartaciones compartían equitativamente los gastos y las utilidades de la "empresa", lo cual era posible, como se ha visto, gracias a la riqueza y extensión de los yacimientos, a la relativa facilidad con la que podían ser explotados y, sobre todo, a la libertad de laboreo garantizada por el carácter comunal de la propiedad".

      Este sistema ha sido denigrado no sólo desde los criterios burgueses de máxima rentabilidad y productividad, sino también desde los criterios de 1818, especialmente los de los técnicos del Real Gabinete Fisico-Químico de Madrid; sin embargo, "De hecho, frente a alternativas más "racionales", basadas en "métodos de explotación arreglados al arte de la minería", la práctica minera asociada al carácter comunal de los yacimientos demostró evidentes e importantes ventajas".

      El autor que citamos prosigue analizando cómo, a pesar de constatarse "la eficacia del sistema y su indudable racionalidad económica", una cierta burguesía vasca inició desde finales del siglo XVIII una presión creciente destinada a incrementar sus beneficios "modificando el régimen de explotación. Para ello, resultaba imprescindible acelerar el proceso de proletarización de los productores autónomos, limitando el libre acceso a la explotación de los yacimientos". Fechas como 1818, 1825, 1827, 1840-44 y el arancel de 1849, marcan hitos en la áspera lucha de clases interna inseparable de las presiones y agresiones externas, españolas, entre quienes defendían la propiedad comunal y quienes buscaban privatizarla e imponer la propiedad privada de la tierra y del subsuelo.

      El autor reconoce explícitamente la fuerte resistencia popular demostrada en el hecho del largo retraso de aplicación de la Ley de Minas estatal, pues: "Aunque las informaciones son algo contradictorias, la Ley de Minas de 1825 empezó a aplicarse de forma gradual en Vizcaya entre 1840 y 1844". Sin embargo no cita la para nosotros causa directa del hecho de que fuera precisamente en 1840 cuando se iniciase su gradual aplicación. Y el hecho no es otro que la derrota vasca en la guerra de 1833-39, llamada "carlista" por la historiografía española.

      Fue esta derrota militar la que facilitó, entre otras medidas españolas y proburguesas, el inicio de la aplicación de la Ley de Minas de 1825, aún así con fuertes resistencias. Solamente introduciendo la derrota militar de 1839 y el debilitamiento posterior, se entiende que para "mediados del siglo XIX, el retroceso de los productores autónomos es un hecho irreversible. Tanto por su número como por la actividad que desempeñaban, habían pasado a ocupar una posición absolutamente marginal en un contexto en el que el trabajo asalariado y las relaciones capitalistas se habían impuesto de forma definitiva".

      Ahora bien, la resistencia siguió siendo tremenda incluso así, porque como el autor reconocer en una nota a pie de página y citando a un historiador de aquella época:

      "Todo ello daría lugar a frecuentes conflictos sociales. Incluso, según ciertos autores, el descontento de la población afectada explicaría su activa participación en las insurrecciones armadas del siglo XIX: "Sus habitantes han opuesto siempre tenaz resistencia a las leyes de minas, y puede asegurarse que una de las causas que hizo levantarse más gente en armas en las Encartaciones al comenzar la actual guerra civil fue la propiedad de las minas, que juzgaban se les arrebataba injustamente" (G.Vicuña, "El hierro en Vizcaya", Revista Minera, Científica, Industrial y Mercantil, vol. I, 1875, p.131).". Recordemos, por acabar, que en 1875 se libraba la guerra de 1873-76, llamada por la historiografía española "segunda guerra carlista", y que desde una perspectiva vasca tiene, como se ve, otro significado muy diferente.

      7.2. MEMORIA POPULAR, LUCHA DE CLASES Y COOPERATIVISMO

      En base a los conocimientos actuales, ya nadie puede negar la profunda raíz material y simbólica en la identidad vasca de lo colectivo, lo comunal, lo que une en la práctica común. Con todas sus debilidades y contradicciones internas, innegables y que no podemos analizar aquí, esa raíz fue resistiendo mal que bien a los cambios y ataques internos, de las clases dominantes internas y muy especialmente de la burguesía, y externos, de los Estados español y francés. Pues bien, simultáneamente a la resistencia de esa raigambre se produjo el nacimiento del cooperativismo de consumo tan sólo 8 años después de acabar en derrota para los vascos la guerra de 1873-76. En 1884 se creó la Sociedad Cooperativa de Obreros de Barakaldo, en 1886 la Unión Obrera en Araia y en 1887 la Cooperativa de Consumo de Sestao, año en el que muy probablemente se creó una cooperativa de consumo en Ermua. Simultáneamente a esta emergencia, se dio la de las cooperativas católicas impulsadas oficialmente por la Iglesia al aplicar las nuevas directrices de la "Rerum novarum" de 1891.

      Sin embargo, la presión de la burguesía comercial contra el cooperativismo de consumo era muy dura, y la debilidad del movimiento obrero y popular muy grande, por lo que no debe extrañar el que la cooperativa de Barakaldo entrase en crisis a los pocos años. En 1888 se suprimió su autonomía obrera y tras cambiar sus estatutos se creó una nueva junta directiva de 11 miembros de los cuales 5 eran miembros el Consejo de Administración de Altos Hornos de Bilbao. Esta misma suerte siguió la cooperativa de Sestao, supeditada a la Compañía Vizcaya, y desde esa época, muchas grandes industrias crearon sus propias cooperativas, y como ejemplo, la Unión Obrera de Araia pertenecía a la Fábrica de Hierro, Ferrería y Talleres de Herraje de Araia.

      En el libro "Historia de las cooperativas de consumo vascas", del que hemos extraído estas y otras referencias, se afirma al respecto que: "El que las fábricas propiciasen la creación de cooperativas resultaba una ventaja para los obreros que, de esta manera, obtenían los productos prácticamente a precio de coste y con una calidad garantizada. Pero no cabe duda de que también era una ventaja para los patronos, ya que fomentando la creación de estas sociedades, podían evitar incrementos salariales a sus empleados y controlar el flujo de dinero generado por la empresa".

      Sin embargo, en el libro no se dice una sola palabra sobre las feroces luchas obreras y populares, sobre las huelgas locales y generales, revueltas, motines e insurrecciones que entonces empezaban a darse en Bizkaia y que no tardarían en extenderse a otras partes de Euskal Herria.

      Pensamos nosotros que el control patronal de las cooperativas además de evitar incrementos laborales y facilitar el control económico, también y sobre todo rompían la creciente unidad obrera y popular, sembraban la división interna y aumentaban la efectividad de la vigilancia represiva. De igual modo, fue la realidad de la lucha de clase en ascenso la que llevó a la patronal no sólo a suprimir la independencia de las cooperativas sino, a continuación, y para aumentar la fuerza de la burguesía, potenciar los economatos de empresa, que aseguraban un estricto control empresarial y estatal, y un corte de cuajo de las posibilidades de desarrollo de las tendencias positivas embrionariamente implícitas en el cooperativismo. Así, ya en 1904 la Junta de la Asociación Patronos Mineros de Vizcaya optó oficialmente por los economatos en vez de por las cooperativas, y en ese mismo años aparecieron economatos en Ortuella, Gallarta y La Arboleda.

      La reacción burguesa mediante el empleo del cooperativismo reaccionario contra la lucha obrera y popular también se produjo en otras zonas de Euskal Herria en donde las masas trabajadoras entraban en una fase ascendente de sus reivindicaciones y de su autoorganización. Especialmente en la Ribera de Nafarroa, en donde la implacable liquidación y privatización de los comunales con el consiguiente emprobrecimiento e hiperexplotación del campesinado, unido al ataque devastador contra la identidad vasca y su lengua y cultura tras la derrota militar de 1876 y la sucesión de leyes represivas que le siguieron, todo ello unido, estaba abriendo una nueva fase de luchas sociales.

      Así, una vez más confirmando la ambigua contradicción inherente al cooperativismo, varios jesuitas impulsaron desde 1905 Cajas Rurales en Olite, Mendigorría, Artajona, Larraga y Berbinzana, según leemos en la obra colectiva "Historia contemporánea de Navarra", para ayudar a los campesinos y jornaleros más pobres, pero la burguesía terrateniente y la burocracia eclesiástica bien pronto desnaturalizaron n estos objetivos, imponiendo otros públicamente antisocialistas.

      Para 1909 el poder ya había acabado con la variante progresista del catolicismo social. A la vez, se fundaron los Sindicatos Católicos y para comienzos de la década de 1920, la Federación Agro-Social Navarra férreamente controlada por los la derecha más dura y reaccionaria, que utilizaba el cooperativismo para luchar contra la influencia anarquista y socialista entre los campesinos pobres y jornaleros. Esta derecha no se inquietó por el corporativismo parafascista de la doctrina social de la dictadura de Primo de Ribera y luego, más debilitado, de Berenguer (1923-30), porque apenas surgen choques serios entre ambos modelos capitalistas, como tampoco surgirían durante el largo terror franquista que ya en octubre de 1938 regula el cooperativismo católico entro de su ideario político, y vuelve a regularlo en 1942.

      Mientras tanto, el movimiento obrero también avanzaba en la línea cooperativista pero desde dos perspectivas muy diferentes. Una era la del cooperativismo amplio, abierto a miembros que no tenían que ser forzosamente del sindicato y que pretendía guiarse por los "Siete Principios de Rochdale" de 1844 que asumió ELA en 1919 al crear la cooperativa "Vasca de Consumos de Bilbao", y que fue luego rápidamente extendido a otras zonas, y reforzado en los congresos de 1929 y 1933, pasando a crear cooperativas de producción industrial, agrícola y pesquera, y de crédito. Para ELA, el cooperativismo debía servir como instrumento de avances en la reforma intensa del capitalismo que terminase acabando con el salario, aunque este objetivo final quedaba muy licuado en la práctica diaria, aunque el cooperativismo nacionalista de sus beneficios a las obras sociales y a la educación. En el texto colectivo "El movimiento cooperativo en Euskadi 1884-1936", podemos leer:

      "Ya en 1920 la Cooperativa de Algorta (Getxo) pretendía actuar en el terreno social en todas las manifestaciones y modalidades. Era ésta una de las principales señas de identidad de las cooperativas nacionalistas con relación al resto de las cooperativas, la mayoría de las cuales concedieron prioridad al beneficio económico inmediato --concretado en el reparto del exceso de percepción a los asociados--, y no constituyeron un fondo social de entidad hasta que fueron obligadas a ello por la legislación republicana. Incluso los socialistas se preocuparon más por los aspectos propagandísticos y de difusión del ideal. Las cooperativas nacionalistas dedicaron también especial atención a la educación, y orientaron sus esfuerzos a la creación o sostenimiento de escuelas vascas. Significativo fue el caso de la Cooperativa de Matiko (Bilbao), pues, según se afirmaba en las páginas de Euzkadi, uno de los motivos que indujeron a su constitución fue el deseo de crear una escuela vasca (...) siempre fueron cooperativas abiertas, sin que existiera cláusula estatutaria alguna que obligara a los asociados a estar afiliados al Sindicato o al Partido. Sin embargo, todos ellos debían ser conscientes de que las cooperativas nacionalistas eran un pieza más en el engranaje de la cosmovisión y del proyecto de construcción nacional auspiciado por Solidaridad y el PNV".

      La otra corriente era la del cooperativismo de la UGT, tampoco estrictamente limitado a sus propios afiliados y que seguía la orientación del cooperativismo socialdemócrata de finales del siglo XIX en el Norte de Europa, como hemos visto antes. Para la UGT y el PSOE, por lo general, el cooperativismo era un instrumento que aún insuficiente en sí mismo y en aislado para transformar el capitalismo, sí servía para adelantar algunos principios de la sociedad futura ya en el presente; pero, además, también para obtener recursos para la militancia política, locales y sitios de encuentro. Y decimos por lo general porque también en el PSOE había reticencias y críticas al cooperativismo. Volviendo al texto colectivo citado "El movimiento cooperativo en Euskadi 1884-1936", leemos que:

      "Otra de las razones fundamentales --de los problemas de la Cooperativa Socialista Bilbaína-- hay que situarla en las reticencias "doctrinales" de algunos sectores socialistas hacia el modelo cooperativo, y que tuvieron también su eco en el seno del socialismo bilbaíno. Además, fueron constantes las quejas acerca de la indiferencia tanto de los socios cooperativistas como de los socialistas en general. En 1904, por ejemplo, se decía que sólo dos docenas de correligionarios practicaban asiduamente la cooperación, a pesar de la importancia que el socialismo tenía en Bilbao; y en 1921, un articulista de La lucha de clases se lamentaba de que la Cooperativa Socialista Bilbaína jamás había conseguido que consumiera en ella un 10% del total de los miembros de la Agrupación Socialista".

      A modo de información del modelo cooperativo socialista, hay que saber que la Cooperativa Socialista Bilbaína dedicaba el 29% de sus ganancias a ayudar a la revista La lucha de clases. Otro ejemplo paradigmático de esta concepción socialista fue la cooperativa ALFA de Eibar, como buque insignia de un proyecto de reformismo duro, por utilizar la terminología actual, que permitiese avanzar al socialismo por métodos no tan drásticos como los empleados en la URSS.

      7.3. COMUNA POPULAR DE DONOSTIA Y TRAICIÓN BURGUESA

      Hemos citado antes la Revolución de 1934 en Asturias y en otros lugares, pero nos hemos extendido en la experiencia de su comuna, de su poder obrero y popular, como hemos visto, porque confirma de nuevo la capacidad creadora y de autogestión del pueblo trabajador. También en la parte peninsular de Euskal Herria tuvo lugar el Octubre de 1934 aunque fracasando casi instantáneamente pero, sobre todo, y para el tema de este escrito, no pudo instaurar la experiencia de una comuna autogestionada, como la asturiana. Se ha discutido mucho sobre las razones del fracaso y carecemos de espacio para dar nuestra opinión aquí, aunque se ha discutido bastante menos sobre lo más principal,. Sobre las lecciones para el presente y para el futuro de aquella derrota. Sin embargo, Santi Brouard sí extrajo estas lecciones en 1984 en Octubre 1934 Urria, y las reproducimos aquí por su importancia:

      "Centrándonos en cómo vemos el problema hoy en Euskadi, vemos que las condiciones son distintas. Hoy la influencia numérica de la clase obrera respecto a otras clases populares, ha disminuido --los obreros, porcentualmente, son menos de lo que eran antes respecto a otras capas populares. Nuestro camino lo tenemos que hacer conjuntando los intereses de la clase obrera con las capas populares, haciendo llegar la conciencia de las clases populares o pequeño-burguesas al grado de altura del proletariado, que tiene que ser la vanguardia que conduzca el proceso que se está dando. Hacen falta consignas para esas clases. Para que esas clases revolucionarias y republicanas que todavía existen alcancen el nivel necesario para luchar contra la burguesía que es fundamentalmente monárquica (...) Nosotros creemos que "esto" sólo puede triunfar --y ahora me refiero a Euskadi-- siempre que tengamos la capacidad de ligar en profundidad la lucha de clases con la lucha de liberación nacional y vasca. Una desgajada de la otra no tiene la dinámica y la fuerza suficiente para conducir al pueblo hacia el triunfo".

      Dejando de lado la precisión de que Santi Brouard se refiere a la clase obrera como a los trabajadores de mono azul, a la clase obrera industrial y de fábrica, lo que T. Negri define como "obrero-masa", en vez de a los asalariados en su conjunto, no es menos cierto que toda su cita asume de pleno la línea estratégica permanente de aglutinación del pueblo trabajador en su conjunto alrededor de su clase obrera, línea en la que insistió desde su origen el marxismo y que aparece reforzada en los textos de la III Internacional, como hemos visto. De igual modo, también engarzan con esta experiencia las últimas palabras de S. Brouard en dicho texto:

      "Creo que tenemos que tener presente que sin una lucha intensa y sin una entrega articulada no se va a conseguir nada. Si al final esta lucha va a terminar con una lucha revolucionaria armada es algo que no sabemos. Pero si eso ocurriese, no sería porque el pueblo quiere sino porque la burguesía, a través e su poder, nos pondría en el disparadero de luchar con las armas para conseguir lo que el pueblo se propone".

      Volviendo a la mitad de la década de 1930, lo cierto es que la burguesía sí puso en el disparadero al pueblo trabajador vasco. No pasaron ni veinticuatro meses desde octubre de 1934 para que, en respuesta a la sublevación burguesa del 18 de julio de 1936 en el Estado español, se instaurase una comuna popular y obrera en Donostia esa misma mañana, y se extendiese un inicial proceso similar como un reguero por los más importantes centros industriales de Gipuzkoa; también en Bizkaia se vivió una situación así aunque en Bilbo la pequeña y mediana burguesía, apoyada por el ejército no sublevado y el reformismo, controló rápidamente la situación.

      Chiapuso narra en "Los anarquistas y la guerra en Euskadi. La comuna de San Sebastián", cómo fue en esta ciudad donde las fuerzas sublevadas fueron derrotadas y las masas trabajadoras, sin hacer diferencias partidarias --excepto el comportamiento pasivo y expectante, cuando no colaboracionista con los sublevados, del PNV y ELA--, tomaron lar armas, detuvieron el ataque militar y realizaron una contraofensiva inmediata, organizaron la defensa general y la vida social y económica bajo bombardeos y ataques cada vez más duros. Coincidimos con Pedro Barruso cuando en su obra "Verano y Revolución. La Guerra Civil en Gipuzkoa", dice :

      "El carácter revolucionario que atribuimos a las nuevas autoridades quipuzcoanas tiene uno de sus pilares más sólidos en la nueva estructura económica del Territorio diseñada desde la Comisaría de Finanzas. Más que una estructura económica --en el sentido estricto del término-- lo que la Comisaría de Finanzas plantea es una transformación radical de las relaciones económicas de Gipuzkoa, adecuadas a la situación que se está produciendo en la misma. La Comisaría de Finanzas encarga la formulación de una economía, que ella misma denomina "de guerra", lo que se le presentan dos proyectos; uno basado en la circulación de dinero y el otro eliminando la moneda y basándose exclusivamente en el abastecimiento. En la primera proposición se contempla que todos aquellos que dependa de la Comisaría (milicianos, obreros de las fábricas controladas por el Frente Popular, burocracia...) reciban un salario de la misma en función del abastecimiento que reciban tanto en comida como en ropa. El comercio y las empresas que no estén bajo el control de la Junta de Defensa se harán cargo del pago de los salarios a sus respectivos empleados y trabajadores. De igual forma, todos aquellos que se encuentren sin trabajo recibirán un subsidio de la Junta, bien en especie o bien en metálico".

      La Junta de Defensa de Gipuzkoa carecía prácticamente de recursos y de tiempo para detener la ofensiva militar en un frente estratégico para los sublevados. Partiendo de la nada tuvo que crear de la noche a la mañana los rudimentos básicos de un Estado con casi todos sus "ministerios" --guerra, orden público, finanzas, trabajo, abastos, transporte, sanidad y asistencia social, e información y propaganda-- y luchando contra el sabotaje reaccionario dentro del Territorio que controlaba. Pese a ello dio un ejemplo impresionante de autoorganización, autogestión y autodeterminación de pueblos trabajador --trilogía del Poder Soviético-- y sus logros históricos fueron grandiosos. Sin la heroica lucha de los gudaris revolucionarios la contrarrevolución se habría paseado triunfante por Gipuzkoa llegando mucho antes a Bizkaia, dejándola sin tiempo para preparar su tenaz resistencia armada.

      Y tamposo sin la heroica participación de mujeres gudaris en aquellos combates, como narra Kasilda Hernáz en Partisanas: "En el episodio de Peñas de Aya nos encontramos las milicianas, no muchas, pero demasiadas, porque con la mayor parte de ellas se ensañaron los requetés cuando cayeron prisioneras al perder esa posición estratégica (...) Éramos ignorantes en el arte de la guerra. Nos ganaba la pasión enorme de creer que hacíamos un servicio ineludible, una acción indispensable para la revolución...".

      Pero en lo más decisivo y desesperado de los combates en Irún, punto neurálgico, el gobierno de izquierda francés, como hemos dicho, bloqueó la frontera y no entregó a los gudaris las vitales armas y municiones que esperaban en un tren a pocos metros de distancia de los combates. La comuna de Donostia cayó el 13 de septiembre y toda Gipuzkoa a finales de ese mes. Ya hemos hablado antes, muy rápidamente, del ascenso de luchas obreras en el Estado francés desde 1934, del triunfo del Frente Popular en mayo de 1936, y de cómo este poder hizo todo lo posible hasta que logró paralizar el ascenso de los trabajadores y mantener el orden capitalista.

      Es cierto que el Frente Popular francés arrancó a la burguesía de ese Estado importantes conquistas sociales, pero a costa de una derrota obrera estratégica. Pues bien, fue este mismo Frente Popular el que más aceleró la derrota inmediata de la Comuna de Donostia y la caída de Gipuzkoa. Más tarde perjudicó también mucho la defensa de Bizkaia al prohibir que la aviación republicana española sobrevolara su territorio al ir en ayuda de Bizkaia. Además de estos tremendos obstáculos externos que aceleraron y facilitaron la derrota de los los gudaris guipuzcoanos, también hay que tener en cuenta tla extrema pobreza en armas y formación militar, y, menos aún debemos olvidar o minimizar como otra causa básica de la derrota la decisión del nacionalismo burgués vasco de no movilizar sus bases, mayormente trabajadoras, contra el ejército español y el resto de fuerzas reaccionarias.

      Conforme avanzaba la década de 1930 y se acercaba el verano de 1936 en Euskal Herria crecían las condiciones objetivas suficientes para lanzar un proceso revolucionario con la participación de muy amplias bases populares y pequeño burguesas. El fracaso de la Revolución de 1934 fue debido, antes que nada, a la desunión profunda entre las fuerzas de izquierda y democráticas radicales, pero no a la indecisión de amplios sectores de las clases trabajadoras. Luego, la represión de los participantes y el debilitamiento de sus organizaciones limitó mucho la preparación de la respuesta a la más que previsible sublevación militar.

      Todas las fuerzas políticas y sindicales sabían a principios de verano de 1936 que la sublevación militar estaba muy próxima, como lo sabía el gobierno republicano de Madrid. Pero, una vez más, mientras aumentaban las condiciones objetivas a una velocidad apreciable, y eso se constatan estudiando al auge de la lucha de clases y de la independentista vasca, las condiciones subjetivas avanzaban a bastante menos velocidad, e incluso retrocedían en aspectos importantes como era el comportamiento de las fuerzas stalinistas en Euskal Herria y en Europa con su tesis del Frente Popular.

      Pero, sobre todo, fue el comportamiento del PNV el que abortó toda posibilidad de un avance no ya revolucionario radical, imposible en sí mismo porque el PSOE y el PCE no estaban de acuerdo, y porque los anarquistas y los marxistas revolucionarios, así como los independentistas radicales como Jagi Jagi y de izquierdas como ANV, era minoritarios, sino siquiera democrático-radical. Dejando por conocido el comportamiento colaboracionista con los sublevados de la inmensa mayoría del PNV en Araba y Nafarroa, sí es conveniente reflejar sólo con una cita cómo decidió el PNV sumarse a la resistencia popular. Son las palabras de J. Ajuriaguerra, uno de los poderes fácticos en el PNV; recogidas en "Documentos para la historia del nacionalismo vasco":

      "Tenía la esperanza de escuchar alguna noticia que nos ahorrase el tener que tomar una decisión: que uno u otro bando ya hubiese ganado la partida. A medida que avanzaba la noche, algo iba quedando bien claro: el alzamiento militar lo había organizado la oligarquía derechista cuyo eslogan era la unidad, una agresiva unidad española apuntaba hacia nosotros. La derecha se oponía frontalmente a cualquier estatuto de autonomía par el País Vasco. Por otro lado, el gobierno legal nos lo había prometido y sabíamos que acabaríamos consiguiéndolo. A las seis de la mañana (del 19 de julio de 1936), tras una noche en blanco, tomamos una decisión unánime. Promulgamos una declaración dando nuestro apoyo al gobierno republicano. Tomamos esta decisión sin mucho entusiasmo, pero convencidos de haber elegido por el bando más favorable para los intereses del pueblo vasco; convencidos también de que, de habernos decidido por el otro bando, nuestra base se nos habría opuesto".

      Pocas veces podremos leer una confesión tan indiferente a la suerte de las clases trabajadoras, tan acobardada ante las consecuencias y tan oportunista ante las propias bases. Naturalmente, Ajuriaguerra no dice nada de los intereses a favor de los militares sublevados, y sobre todo a permanecer "neutrales", que existían dentro del PNV de Gipuzkoa y Bizkaia, pero, pese a todo, sus palabras explican todo el comportamiento de su partido durante 1936 y 1937, hasta la rendición de Santoña, impulsada e impuesta a los batallones del PNV por él mismo.

      A partir de aquí, comprendemos perfectamente que el PNV en ningún momento quiso, primero, prepararse para los acontecimientos que aproximaban; segundo, exigir a su militancia en Araba y Nafarroa una oposición decidida contra los sublevados; tercero, defender Gipuzkoa con sus tropas en vez de abandonarla a los franquistas; cuarto, preparar desde el principio la movilización de todos los recursos de Bizkaia; quinto, especialmente militarizar la industria; sexto, especialmente controlar la banca; séptimo, crear una ejército nacional vasco unido y moderno; octavo, luchar decididamente contra el sabotaje y el espionaje franquista; noveno, potenciar la participación democrática de las masas trabajadoras y décimo, como síntesis, luchar con plena decisión hasta el final.

      La humillante y estúpida rendición de Santoña fue la consecuencia directa de ese decálogo de traiciones. Y decimos rendición estúpida porque el PNV se creyó las promesas de los italianos, sin sospechar que los españoles las iban a incumplir y fiándose de las promesas de otras potencias encargadas de embarcar a las tropas para llevarlas al Estado francés.

      Lo cierto es que si comparamos el Gobierno Vasco de 1936-1937 con las experiencias anteriores y posteriores de poder popular, de consejismo y sovietismo, apreciamos una insalvable distancia. El Gobierno Vasco ni siquiera llegó a instaurar una democracia radical en el sentido de llegar hasta los límites del poder de la burguesía, de esa oligarquía derechista enemiga acérrima de todo lo euskaldun, aunque sin superarlos ni forzarlos.

      Esos límites no son otros que socializar los medios de producción, nacionalizar la banca, impulsar la autogestión social generalizada, suprimir el secreto empresarial e imponer el control obrero, reducir drásticamente la jornada laboral y ampliar drásticamente la oferta de trabajo, reducir drásticamente la burocracia estatal e instaurar la democracia socialista, armar al pueblo y desarmar a la burguesía, suprimir la justicia privada de la burguesía y desarrollar la justicia pública del pueblo, instaurara la libertad de prensa y debate, impulsar la desmercantilización y la superación de la ley del valor-trabajo, etc.


      7.4. ARIZMENDIARRETA Y SU ELITE ECONÓMICA Y TECNOCRÁTICA

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